HUMANIDADES

Morir por no dormir: el insomnio de la muerte

El Insomnio Familiar Fatal es una enfermedad hereditaria que hasta el día de hoy no tiene cura ni tratamiento. Uno de sus peores síntomas es la imposibilidad de conciliar el sueño, y termina inevitablemente provocando la muerte por desgaste. Hay unas 30 familias en el mundo que padecen este mal. Después de los 40 años de edad los miembros de estas familias pueden comenzar a percibir los primeros síntomas de deterioro del sueño; una vez que estos llegan, la muerte no tarda más de un año y medio.

El insomnio familiar es la herencia de una versión mutante del gen PRNP, encargado de la síntesis de proteínas vinculadas a la activación de tejidos y procesos cerebrales. 

Primero afecta al tálamo, provocando temblores corporales, incapacidad de mantener la temperatura del organismo, problemas de memoria, razonamiento y habla. Una vez que el tálamo se ha debilitado por completo, el cuerpo deja de producir las hormonas que permiten conciliar el sueño, dando lugar insomnio. Así, el cuerpo pierde la posibilidad de recuperar energía, por lo que los órganos vitales comienzan a fallar.

Es imaginable la angustia perpetua de los miembros de las familias afectadas por el insomnio familiar fatal: vivir al borde del abismo, a la espera de advertir las mínimas señales que delaten que el calvario, la última y larga vigilia, ha comenzado.

Algunos científicos que han tratado esta enfermedad, con paciente vivos o en los cerebros de los muertos, tienen la esperanza de encontrar una forma de controlar los síntomas de la enfermedad, y alargar así la vida de los enfermos. Pero, por desgracia, todavía no se han encontrado métodos concretos de eficacia comprobable.

 

FUENTE: Batanga